Un alcantarillero en el Gulag de Stalin: 17 años de horror en Rusia

Un alcantarillero en el Gulag de Stalin: 17 años de horror en Rusia.

Alejo García Almagro

El estallido de la Guerra Civil española hizo saltar por los aires las ideas, ilusiones y destinos de miles y miles de hombres y mujeres, indistintamente del bando donde estuvieran. En este artículo haremos constar una historia injustamente apenas narrada, y que pone de manifiesto lo sucedido a un vecino de Alcantarilla, Francisco Mercader Saavedra (1916-1992), marino de la Armada republicana, cuyas circunstancias le hicieron permanecer en un forzado exilio en la Unión Soviética diecisiete largos años (1937-1954), de los cuales trece de ellos (1941-1954) estuvo preso y deambulando por un gran número de campos de concentración stalinistas o Gulag.

Documento emitido por el Ayuntamiento de Alcantarilla en el año 1957

Francisco fue uno de tantos jóvenes al que le tocó prestar el servicio militar, en el reemplazo de 1936, en la flota de la Armada en Cartagena (Murcia). Al estallar la Guerra Civil, fue destinado como tripulante (cabo de artillería-sirviente de alza) en el buque republicano Cabo San Agustín, el cual por sus excepcionales características técnicas, tenía como misión transportar material de guerra y víveres que la Unión Soviética facilitaba al gobierno de la república española. Para ello, en sus diferentes travesías, hacía escala entre los puertos rusos del  Mar Negro y/o Mar de Barents y Cartagena. A lo largo de 1937 el gobierno ruso comenzó a poner impedimentos tanto a estos suministros bélicos, como a la partida de este y otros buques desde los puertos rusos.

Una vez finalizada la Guerra Civil española (abril de 1939), eran nueve los buques que se encontraban atracados en los puertos rusos, con toda su oficialidad y marinería (285 en total). Uno de ellos era El Cabo San Agustín, con nuestro protagonista a bordo. A partir de este momento las circunstancias variaron. La Unión Soviética confiscó estos buques -que posteriormente serían usados en su flota en la Segunda Guerra Mundial-, los marineros desembarcados, concentrados en la ciudad de Odessa, y trasladados a una residencia del Comisariado del Pueblo, residiendo a partir de entonces Francisco en el Hotel Francia, junto a otros compañeros. Pasaron a ser residentes rusos. No exiliados, ni presos políticos. Finalmente con el paso de los años, tal y como demuestran las fuentes,  se pudo constatar que se trató realmente de un secuestro encubierto.

Hubo de entre estos marinos quienes aceptaron la situación, optando a la ciudadanía rusa y  pasando a trabajar en fábricas o enrolándose en barcos de travesías internas. Pero la inmensa mayoría ansiaban salir de Rusia para volver a España junto a sus familias, aún temiendo la “depuración franquista”, o bien ser repatriados a países latinoamericanos. En un primer momento se produjo una rápida repatriación colectiva (01/07/1939) de 129 marineros, quedando todavía en suelo ruso otros 156, y entre ellos Francisco. Fruto de la continuación de las negociones para el retorno, en 1941 se consiguió un nuevo acuerdo para su regreso a España de otros 53 marineros, y entre ellos Francisco, quien tenía como fecha fijada para su llegada el 7 de julio de ese año, entrando por Irún. La ilusión era inmensa.

13 años en el Gulag.

No obstante se dieron un cúmulo de circunstancias que marcarían sus vidas para siempre. Por un lado las Autoridades soviéticas venían ya desconfiando de estos “republicanos españoles”, quienes se negaban tanto a adquirir la nacionalidad rusa como a permanecer en el supuesto paraíso comunista, prefiriendo volver a su tierra aún estando liderada por el General Franco,  por lo que comenzaron a tildarlos de “antisoviéticos” y “traidores”. Además en junio de 1941, dentro del contexto bélico del desarrollo de la Segunda Guerra Mundial en esos años, se produjo el estallido de la Operación Barbaroja o, lo que es lo mismo, la invasión militar de la URSS por parte de la Alemania nazi, lo que llevó a España a negarse a continuar con las negociaciones, dando con ello al traste la ansiada repatriación de los marinos. Estos lejos de amilanarse, elevaron un paso más el nivel de presión negándose a trabajar, comenzando a su vez las autoridades soviéticas a confinar a todos los extranjeros. Cualquiera ya era enemigo.

Pronto llegaron las detenciones de los marinos españoles, aplicándoles torturas y noches enteras de interrogatorios en sus temidas cárceles como las de Lubianka o Lefortovo. A continuación, acusados de “espionaje”, y de realizar “propaganda y agitación antisoviética” ─fundamentado sobre todo en sus visitas a embajadas extranjeras en Moscú, buscando permisos y visados de salida hacia países como México o Francia u otro país proclive a ello─, 45 de estos marinos españoles pasaron a tener la consideración de “internados” ─no la de detenidos por delitos comunes  o presos políticos─, tipificación penal que no incluía la necesidad de juicio o condena, pasando a purgar sus inexistentes penas a partir de un 26 de junio de 1941 en los temidos campos de trabajo forzado del Gulag soviético.

Nuestro vecino y sus compañeros iniciaron su terrible devenir siendo hacinados y deportados a bordo de los trenes Stolypin, en  vagones de ganado, en un viaje que duró cuatro meses. Tras un trayecto de 4000 km., llegaron a los “campos” de Norilsk, en el Círculo Polar Ártico. Aquí se siguió la lógica de que una persona era una unidad de trabajo, o más bien un esclavo, siendo  sometidos a condiciones infrahumanas, con temperaturas de hasta 50° grados bajo cero, rachas continuas de vientos cortantes de más 100 km/h, racionamiento alimentario e insalubridad higiénica. A esto había que sumar jornadas de una media de 12 horas de trabajo forzado en las minas de carbón y níquel, levantando tendidos eléctricos, o arrancando bloques de hielo para construir fábricas y carreteras, así como el peor de los castigos psicológicos: el saberse desaparecido e incomunicado, ya que se les prohibió hasta mantener correspondencia con el exterior y, con ello, sus familias. No existían. En tan sólo dos meses, ocho de estos españoles habían fallecido. Poco tiempo después se produjo un nuevo traslado, esta vez a los “campos” de la zona de Karagandá (Kazajistán-Asia Central) conocidos como Karabas, Spassk y Kok-Usek. Aquí perecerían otros ocho españoles. Se dice que nuestros compatriotas tuvieron un derecho que otros presos extranjeros no: atarles a los muertos una tablilla en los tobillos con su nombre, antes de arrojarlos a la fosa común.

Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial (1945), comenzaron a liberar extranjeros de los campos del Gulag. No obstante la situación de nuestros marinos no sufría cambio alguno, por lo que lejos de amilanarse comenzaron huelgas de hambre, y  se negaban de nuevo al trabajo forzado. Sus principales defensas fue lograr sacar fuera del “campo” cartas de auxilio a través de otros liberados, pero principalmente el terrorífico testimonio que estos narraban y cuyo resultado fue remover la conciencia internacional, sobre todo en Francia. En España, conmovidos por la existencia de este grupo de cautivos compatriotas, La Federación Española de Deportados e Internados Políticos, lideró una iniciativa para su liberación. Debido a esta campaña de índole internacional, los soviéticos ofrecieron una salida digna a estos españoles. Por ello los trasladó hasta los “campos” de Odessa, donde de nuevo se sintieron engañados: se les proponía la libertad a cambio de la firma de un documento que atestiguara su afección a Rusia, y con ello a su paz y democracia y el deseo de permanecer en ella. La mayoría aceptaron presos del desánimo, pero 41 se negaron a renunciar a su país. Estos últimos fueron reubicados  en los “campos” de Vologda, donde coincidieron con otro nutrido grupo de españoles,  más de un centenar, siendo estos integrantes de la llamada División Azul. Ahora españoles de uno y otro bando estaban unidos bajo una misma causa: luchar contra  la barbarie stalinista, lo que los llevo a hermanarse para poder sobrevivir. Vivieron una nueva etapa de penurias, lo que llevó consigo que nuestro vecino Francisco estuviera hospitalizado en el hospital de campaña del “campo” entre marzo y junio de 1949.

Tras pasar por dos “campos” más (Borovichi y Krasnopole), llegaría la ansiada libertad. La muerte de Stalin (1953) produjo cambios drásticos en la política rusa. Los “campos” habían dejado de ser rentables,  y tras nuevas negociaciones, esta vez con la participación y mediación de la Cruz Roja, se consiguió que en marzo de 1954 zarpara del puerto ruso de Odessa el buque Semínaris donde, entre otros, iban 286 españoles ─248 eran miembros de la División Azul,  12 pilotos, 4 “niños de la guerra”, 3 “berlineses” y 19 marinos─, y entre ellos Francisco Mercader Hurtado. 48 compañeros suyos murieron en tierras rusas, 25 en campos de la vergüenza. Los marinos españoles regresaron a su ansiada España, siendo presentados por el gobierno franquista como símbolo de reconciliación, no estableciendo diferencias en el trato a los llegados como parte de la División Azul o antiguos marinos republicanos.

Repatriados que vuelven a España a bordo del buque Semiramis

El rastro de nuestro vecino Francisco en los Archivos oficiales nos muestra esta realidad. Varios días después de su llegada al puerto de Barcelona (02-04-1954), la Cofradía de la Penitencia de Nuestro Padre Jesús de Alcantarilla lo invitaba a participar en el desfile pasional de ese Martes Santo (13-04-1954) para “hacerle presente nuestra alegría por el retorno a nuestro pueblo después de los años de cautiverio en tierras extranjeras”. Ese mismo año, el 24 de diciembre, vistas sus “especiales circunstancias” fue designado Auxiliar Administrativo de 2ª categoría por el Instituto Nacional de Previsión, y destinado a prestar servicio en la Delegación Provincial de Murcia (meses después se le premió con un cuadrienio por los años de cautiverio en Rusia). Figuró como asociado de la Hermandad de la División Azul y su licencia absoluta de la Armada, fue firmada por el Capitán General con fecha de 26 de febrero de 1956. Su fallecimiento se produjo el 10 de julio de 1992, dejando viuda y un único hijo.

Esta es otra de esas desconocidas historias relacionadas con Alcantarilla que, fuera de toda vinculación política, es necesaria contar, pues nuestro vecino no eligió ser un héroe. Francisco fue un joven que con 23 años vio su vida truncada por hacer la “mili” en la Armada, sobreviviendo a torturas físicas, infiernos climáticos y dieta diaria de sucio caldo caliente y exquisitas ratas de agua, viendo morir en condiciones horrorosas a amigos y compañeros. Pudo hacer lo que otros: adquirir la nacionalidad rusa, huir a latinoamérica o “simplemente morir”. Pero a todo ello se negó en varias ocasiones por amor a su familia y a su país: España.

Alejo Garcia Almagro

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