OPINIÓN | Una deuda con el matemático Feréz

PACO GALERA

Paco Galera

Alcantarilla siempre se ha sentido orgullosa de su carpintero matemático, apodado así por el prestigioso periodista Ortega Lissón. No pocas, y constantes, han sido las muestras de cariño que aún hoy se repiten entre los vecinos cuando hablan de él.Este pasado 4 de abril se cumplió el ciento diez aniversario del nacimiento de un alcantarillero ilustre, que llevó el nombre de nuestra ciudad hasta el último rincón de la geografía española, gracias a las innumerables y exitosas conferencias que impartió, sus casi treinta libros editados y, por supuesto, sus insólitos y numerosos descubrimientos matemáticos.

Casi todo está dicho ya de Don Antonio Hernández Férez. Desde muy temprana edad, comenzó a familiarizarse con la garlopa, el serrucho o la escofina, herramientas que le sirvieron para desempeñar la profesión de carpintero, pero que no satisfacía sus necesidades económicas. Eso le llevó a crear una pequeña escuela en San Pedro del Pinatar para enseñar básicas operaciones matemáticas a los hijos de los pescadores. Era tal el éxito de asistencia a sus clases, que no tenía tiempo para poder corregir tantos problemas. Eso le llevó a concebir el primero de sus inventos, que más tarde fue reconocido por el Ministerio de Educación: el autocorristán, una serie infinita de progresiones aritméticas que permitían revisar en el acto millones de operaciones de las cuatro reglas. A ese descubrimiento habría que sumar medio centenar más durante toda su vida, muchos de ellos menospreciados por una parte de la comunidad matemática. Pero ¿cuántos genios a lo largo de la historia se vieron en vida ante esa tesitura?.

También ostentó en su haber diversos premios y numerosas muestras de reconocimiento a su sobrada solvencia descubridora. Cuenta el diario Línea, en febrero de 1978, que directivos y técnicos de IBM comprobaron que introduciendo las fórmulas de Férez, el rendimiento de sus aparatos informáticos aumentaba de manera extraordinaria. Por ello, la multinacional estadounidense se interesó por el matemático, que rechazó una significativa oferta económica al haber dado por finalizada su apasionada e intensa labor profesional. Contaba ya con 67 años. Prueba de ello, es la imposición de la Medalla de Oro de la ciudad, el nombramiento de Hijo Predilecto, desgraciadamente, a título póstumo, o su nombre plasmado en la calle donde nació. Pero hay algo por lo que aún estamos en deuda con nuestro querido matemático. A principios de los años ochenta, los hermanos Pacheco Sornichero ponían en marcha la Asociación de Amigos del Matemático Férez, con el fin de proyectar en el municipio el Museo de los Números, que sería único en el mundo, y donde quedarían expuestos todos los trabajos y descubrimientos recopilados a lo largo de su trayectoria profesional. Para ello, se rodearon de personalidades relevantes. Entre otros, el alcalde Zapata Conesa, los ex alcaldes Pérez Artero y Riquelme Rodríguez o el reconocido pintor Saura Mira. El Ayuntamiento de Alcantarilla aprobó, el 30 de junio de 1981, la construcción del citado museo, junto con una vivienda aneja que sería ocupada por el matemático y su esposa. Pero la ubicación elegida por el Consistorio, en una quinta planta de la Casa de la Juventud, no terminó de entusiasmar a Férez, que había manifestado en alguna entrevista preferir un bajo que hiciera más accesible su museo.

Aquello no debió sentar muy bien en el equipo de Gobierno municipal, que manifestó –a través de su gabinete de prensa en el diario Línea, el 10 de octubre de 1982, en el apartado de las Cartas al Director–, que la decisión había sido tomada por los técnicos del Ayuntamiento. Este pretexto contrarió notoriamente al matemático.

Su avanzada edad y su progresiva ceguera, sumadas a una evidente y comprensible decepción, llevaron a Antonio Hernández a desechar un ofrecimiento que, a todas luces, no estaba a su altura intelectual y humana. Como consecuencia, el Museo de Los Números, que aprobaron por unanimidad todos los grupos políticos, y por el que él sentía una tremenda ilusión, quedó para siempre en el más profundo de los olvidos.Decía Aristóteles que la justicia es dar a las personas aquello que merecen, conceder a cada uno lo que le corresponde. Los responsables municipales, y los vecinos a los que representaban, no supieron hacer justicia con Antonio Hernández Férez, el carpintero matemático. Un hombre que siempre se sintió querido por todos los alcantarilleros, pero que no recibió el merecido premio en forma de museo digno y accesible a todos. Un lugar que fuera orgullo de lugareños y pasión de visitantes.

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