Justicia Medieval en Alcantarilla

En esta sociedad moderna, la justicia se rige por un corpus legislativo donde prima la reinserción del preso y el reconocimiento de sus derechos inherentes. Todos los días somos conscientes de la comisión de hechos delictivos, que gracias a su difusión pública nos abren múltiples debates morales sobre la idoneidad del castigo aplicado, ya que tenemos generalizada la percepción de una cierta permisividad en las penas, gritando a veces en nuestro yo interior que esta debería de ser más dura, según nos toque en mayor o menor medida nuestra fibra sensible y lógica.
No obstante, en otras etapas históricas como la medieval, la ejemplaridad de las penas era la carta de presentación de la aplicación de la justicia. Los titubeos eran mínimos; sus consecuencias eran aceptadas, y quienes tuvieran la equivocada idea de actuar al margen de la ley quedaban expuestos a la aplicación de un amplio abanico de penas, cuál de ellas más terrorífica y «tormentosa». Ilustrativa y descriptiva era la definición de la competencia plena en materia judicial que entonces tenía el señor de la villa, conocido como «mero y mixto imperio», o lo que es lo mismo, «el poder juzgar, pudiendo imponer sus penas, y entre ellas las de muerte como ahorcar o degollar, amputar sus miembros, destierro, reducción a la cautividad o esclavitud». Alcantarilla no se escapa de tener un buen número de episodios jurídicos-delictivos, donde se puso de manifiesto «que quien la hacía la pagaba con su vida», siendo característica común a todos ellos su exposición pública, es decir, visibilizar las consecuencias de sus actos al resto de los vecinos, a modo de intimidación social. Varios son los ejemplos conocidos de ahorcamientos públicos en las almenas de la casa torre del Obispo, situada entonces junto al actual puente de Las Pilas, como es el caso del moro Ali Al Bica, quien en el año 1360 asesinó al moro Çad Nogalte en la taberna alcantarillera mientras bebían, o de Ali Roche quien, entre 1380-1390, asesinó al almojarife moro del Obispo, llamado Çeçeli, en el camino de Santarén.


No menos horrendas fueron las sentencias impuestas a moras del lugar como Haxona o Fátima, ambas condenadas en hechos distintos por adulterio, y cuyos pleitos describen cómo fueron llevadas e introducidas en un hoyo hecho al efecto en el centro de la plaza de Alcantarilla, para ser lapidadas o, lo que es lo mismo, apedreadas hasta la muerte, aunque en ambos casos, en el último instante se les redimió la pena, siendo a cambio vendidas como esclavas. No obstante, sin lugar a dudas, entre todos los casos conocidos, la pena más «ejemplarizante» -llamémosla así- fue la ejecutada sobre García Carrillo y Juan de Alcaraz, ambos menores de edad. Estos dos muchachos, una madrugada del año 1564, planearon y llevaron a cabo el asesinato a «porrazos» del pastor Pedro Fernández, dejándolo muerto y desfigurado junto al Acueducto de la Noria. Fruto de una rápida investigación, y tras la toma de manifestación a varios supuestos testigos a los cuales «supieron sonsacar» detalladas declaraciones inculpatorias, el caso quedó visto para sentencia. Su ejecución fue la siguiente: Los llevaron a ambos montados en asnos, atados de pies y manos, paseados por las calles de la villa, siendo llevados hasta la horca. Una vez muertos, los hicieron cuartos (o lo que es lo mismo, los trocearon en cuatro partes). En el lugar donde cometieron el asesinato, clavaron sendos palos y en ellos colocaron sus cabezas y manos. A continuación, en los cuatro caminos de salida de la villa con dirección hacia Librilla, Cotillas, Mula y Cartagena, colocaron en cada uno de ellos otro palo, y en estos ensartaron el resto de los cuatro trozos de sus cuerpos. A la vez el pregonero a viva voz anunciaba que nadie fuera osado de quitar aquellos restos para mayor escarnio público.

Evidentemente los hechos aquí narrados nos pueden parecer atroces actualmente. Podemos definirlos de muchísimas maneras y ninguna de ellas justificaría el fin último de la aplicación de esa justicia, pero como dice nuestro paisano Pérez Reverte, «es un error mirar el pasado con ojos del presente».

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