Desde el Mirador | Blas Reyes

Paco Galera

Durante meses, deambuló por la huerta. Cometiendo todo tipo de tropelías, que alimentaban aún más la leyenda y el temor a encontrárselo por los caminos.

Aprovechando el acertado reclamo turístico de nuestro Ayuntamiento, que pone de manifiesto que Alcantarilla es el lugar donde la huerta nace, y sabedores de que contamos en nuestra población con un magnífico Museo de la Huerta, es un buen momento para recordar la figura de Blas Reyes, catalogado por los historiadores como el último bandido de la huerta, que cometió sus fechorías a mediados del siglo XIX.

La hemeroteca, que tanto asusta a algunos políticos –y con razón–, ofrece grandes artículos. Por ejemplo, el del histórico periodista José García Mulero, que en 1989 rescataba a través de la versión oral de los mayores de la pedanía de La Ñora, donde vivía este peculiar personaje, la historia de un bandido que sembró el terror en los habitantes de la zona, muchos de ellos antepasados nuestros.

Casado siendo muy joven con Josefa García, trabajaba como forjador en la fábrica de la pólvora. De carácter rudo, violento y extremadamente celoso, no era, precisamente, aquel bandido Fendetestas que salió de la imaginación de Wenceslao Fernández Flórez en El bosque animado. Más bien, era antagónico de aquel bondadoso, dócil e ingenuo malhechor, protagonizado por Alfredo Landa en la versión cinematográfica de José Luis Cuerda.

A lo que vamos, las mujeres de entonces acudían, para lavar la ropa, a un paraje llamado Las Rejicas, aprovechando un caudal de la acequia muy próximo al Monasterio de Los Jerónimos. Un día, apareció por el lugar un monje jesuita y, amablemente, preguntó si podían lavarle un pañuelo. Todas señalaron a la esposa de Blas como la más indicada y ésta, gustosamente, accedió a la monacal petición.

Entre rezos comunitarios, risas y charlas, hicieron tiempo para que se pudiera secar el pañuelo. De manera que, al caer la tarde, Josefa aún no había regresado a casa. Y era de suponer que aquello no sentó muy bien a su irritable marido, que llegó del trabajo sin encontrar a su mujer.

En el pueblo le indicaron que aún continuaba en Las Rejicas, y allá que se fue. Por el camino, se las encontró de regreso a casa y, al preguntar a qué se debía tal retraso, contestaron que Josefa atendió la petición del jesuita.

Los desmesurados celos de Blas Reyes afloraron en ese momento. Fue camino del convento, preso de la ira, cautivo y envenenado de sospecha conyugal, en busca del jesuita al que consiguió dar alcance. Allí mismo lo apuñaló con saña. Alguien que pasaba por allí logró verlo agonizando y, al preguntarle quién había sido, el monje respondió con voz quebrada: «Un tiznao, ha sido un tiznao». Y es que Blas no había tenido tiempo ni de lavarse la cara.

Las iniciales impresas en el cuchillo, que Blas había dejado clavado en el pobre jesuita, consiguieron identificarle.

Durante meses, deambuló por la huerta. Cometiendo todo tipo de tropelías, que alimentaban aún más la leyenda y el temor a encontrárselo por los caminos. Pero una noche fue avistado por la Guardia Civil, en la margen izquierda del río, a la altura de lo que conocemos como La Ventosa, donde el escritor pueblano José López Almagro ubicó algunas hazañas del pequeño Colasín.

Intentó cruzar el cauce, en dirección a Puebla de Soto. Ahí, sin otra posibilidad que esconderse bajo el agua, fue alcanzado por una bala en una de sus piernas. Blas Reyes consiguió llegar a la orilla, pero la herida no le dejó continuar. Cuando los guardias se acercaron, Blas les dijo: «Enhorabuena, nadie había conseguido cogerme nunca». Esto debió relajar a uno de los agentes del orden que, al intentar levantarlo, recibió un mordisco del bandido, arrancándole la primera falange del dedo pulgar.

El compañero, al ver la reacción de Blas, le asestó con la culata una serie de golpes. Y éste, encajando el castigo, gritó: «¡Despacharse a gusto conmigo, como otras veces me he despachao yo!»

Al final, la crudeza de aquellos culatazos acabó con la vida de un hombre despiadado, sin honor ni señorío, con el que se cerró la lista de célebres bandidos murcianos: Blas Reyes, el último bandolero de la huerta.

Paco Galera

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