«No sabemos quejarnos» de Paco Rabadán Aroca

Taqueria La Katrina
Estación de Lorca, 3 Alcantarilla

NO SABEMOS QUEJARNOS

Hace mucho tiempo, un amigo irlandés con muchos años de experiencia en nuestro país, me dijo una frase que será difícil de olvidar: «Los españoles no sabéis quejaros». Como podrán imaginar, su afirmación dio para un buen rato de charla. Porque si hasta aquel momento yo pensaba que éramos unos especialistas en poner el grito en el cielo, pronto, escuchando sus argumentos, entendería el concepto en toda su amplitud. Voy a intentar trasladárselo a ustedes lo mejor que pueda:
Pongamos por ejemplo la situación que se está viviendo en los centros médicos de atención primaria. Un paciente —vamos a llamarlo Pepe— con una dolencia indeterminada, pide cita y se la dan para la semana que viene. Ya empezamos mal. En algún momento de nuestra historia reciente hemos aceptado que la enfermedad debe adaptarse a nuestro calendario. Pero Pepe, a pesar del cabreo inicial que implica tener que mirar un almanaque para situarse en el tiempo, lo acepta porque entiende que los recursos son limitados y los ciudadanos que necesitamos antes o después este servicio, somos todos. Lo acepta, principalmente, porque no le queda otro remedio. Por eso, Pepe, aguanta con su dolencia indeterminada hasta el día de la cita.
Pepe se presenta el día de la cita diez minutos antes de la hora que le han asignado. La sala de espera está ambientada por unos cinco o seis usuarios, de los cuales, dos de ellos resoplan por lo bajini, pero lo suficiente como para que se escuche: «No hay derecho. Esto es una vergüenza. Solo hay un médico. Llevamos hora y media de retraso…», y expresiones por el estilo, ya me entienden. Nuestro Pepe, que es corto de miras y un tanto influenciable, comienza a empatizar con la impaciencia de esos dos usuarios ya que él acaba de llegar y, por esa mística asignación de roles que hacemos para no pensar mucho, determina que ellos llevan más rato y, por tanto, saben más que él sobre lo que está ocurriendo allí.
Una auxiliar cruza la sala de espera en varias ocasiones como parte del trayecto hacia alguna parte. Gracias a esos comentarios, las miradas de los pacientes se clavan en la chica como dardos. «Se está paseando toda la mañana», comenta otro, como si tuviera la más remota idea de lo que en realidad está haciendo la auxiliar con su ir y venir. Como si esos escasos segundos que la ha visto, en las ocasiones que ha cruzado su campo visual, le dieran un conocimiento exhaustivo de sus labores y sus obligaciones.
El ambiente se caldea a fuego lento. La lumbre es mayormente alimentada por resoplidos que, sin emplear palabras, tensan la espera de todos. Bufidos que dan a entender que, los que los producen, tienen cosas importantísimas que hacer como descubrir la cura del cáncer, asegurar la paz mundial o abrir las puertas de los colegios del municipio para que los niños puedan ir a la escuela; y ellos allí perdiendo el tiempo.
Por desgracia, en ese punto álgido de la historia, pasa de nuevo la auxiliar, que es increpada al grito de «¡falta mucho para que nos atiendan!». La chica se detiene en seco, no entiende muy bien de dónde ha salido el grito cobarde y, lo más desconcertante, por qué le preguntan a ella, si su misión es diametralmente opuesta a esas cuestiones. En su cabeza la pregunta está tan fuera de lugar como si la increparan porque el IBEX 35 va perdiendo cinco puntos esa mañana.
Pero la auxiliar, bien para defenderse o por simple educación, responde con la verdad: «Hasta donde yo sé, deben tener paciencia, solo hay un médico pasando consulta», y es entonces cuando se desata la furia contra la chica. Las salidas de tono y los comentarios se amontonan. Hasta Pepe suelta un «no hay derecho…» como si los únicos derechos que cuentan fueran los suyos. Pero Pepe es incapaz de ponerse en el lugar de la auxiliar, porque es más cómodo situarse en el bando de los atacantes, y más si van en grupo. La chica, abrumada y desconcertada, decide marcharse, por lo que acaba siendo tachada, también, de maleducada. Ese absurdo incidente condicionará su trabajo, como mínimo, durante toda la jornada, como nos ocurriría a cualquiera de nosotros. Su rendimiento, simpatía o buen hacer se verá afectado porque ninguno llevamos un chubasquero tan grueso para que nos resbalen los exabruptos de media docena de personas. No hace falta que me extienda narrando lo que le espera al médico —y nos sorprendemos de que se vayan a trabajar a otro país—.
Este ejemplo, por desgracia, es extrapolable a cualquier gestión, dependencia u oficina pública y su personal —paradójicamente, con lo privado somos más tolerantes—.

Mi amigo irlandés mantenía que los españoles somos capaces de transformar a las víctimas en verdugos en cuanto se nos presenta la menor incomodidad. Necesitamos culpables y los enjuiciamos en el acto. Decía que hacemos una interpretación errónea y egoísta de nuestros derechos y, sobre todo, que nos quejamos en el momento y lugar equivocado, porque hacerlo bien implica una molestia que no estamos dispuestos a asumir. No entendemos la diferencia entre quejarse y reclamar.
Y yo, en el caso del personal sanitario, viendo que hemos pasado de aplaudirles a gritarles en apenas un par de meses, no puedo estar más de acuerdo con su alegato. Y pienso que estos bandazos de nuestro carácter nos perjudican y nos hacen la vida más difícil a todos porque, en algún momento de este viaje, nosotros nos veremos en el pellejo de la auxiliar de la historia.

Paco Rabadán Aroca. Escritor

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