Pequeñas Historias de una Villa: “Vidas cogidas por pinzas”, artículo de Lara Hernández Abellán

Faldon La cerveteka

 

VIDAS COGIDAS POR PINZAS

Yo nací en uno de esos barrios casi olvidados por los que mandan pero en el que nunca me he sentido sola. Acaso atrapada, pero nunca sola. Mis vecinas son de las que se siguen sentando en las puertas de sus casas para tomar el fresco, hablar o reír; mujeres de cualquier edad que no tienen necesidad de aparentar ser otras delante de nadie; que no quieren saber de política o futuro pero son capaces de hacer una olla bien rica, con cuatro duros, para que coma toda su familia y el que se quiera sentar a la mesa.

En mi barrio, los niños aún corretean por el pequeño hueco que les deja una plaza repleta de coches y donde no tienen más que un duro asfalto que en verano les arde. Tampoco tenemos ya fiestas como las que se hacían antes; de aquellas en las que por unos días nos olvidábamos de las faltas y salíamos a comer, beber y bailar en mitad de la calle. Pero, a cambio, desde nuestras ventanas siguen sonando las palmas con el mejor compás del pueblo y las puertas de las casas siempre están abiertas para el que necesita algo. Y si hay algo que adoro de este barrio, del único hogar que he conocido, es que en los días de sol, las cuerdas de los tendederos se llenan y son el reflejo de las vidas que me rodean.

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Del tendedero de la Juana, la que tiene la panadería pegada a mi casa, suelen colgar delantales blancos y ropas floreadas. Solo con mirarlo se te contagia su alegría. De las cuerdas de la Sole, la que vive tres casas más allá de la mía, cuelgan encajes y faldas que, conforme va sumando años a su soltería y al contrario de los que todas esperábamos, se van haciendo más y más cortas. Pero sin duda, mi preferido es que tengo justo enfrente del patio. Suele amanecer lleno de pequeñas pinzas que agarran pijamas, baberos de colores y gasas que desprenden olor a colonia fresca. Al mirarlo no puedo evitar sentir una especie de nudo en el estómago, que reconozco que se entremezcla con envidia, mientras voy llenando el mio de tristes sábanas lisas, camisas de cuadros y desesperanza.

Tomo aliento, agarro mi barreño vacío y, antes de volver a la rutina de mi cocina, le digo a mi Paco lo afortunado que es ese matrimonio con tantos niños correteando por su casa. Y él, desde su imponente sillón, me mira, sin apenas prestarme atención, da aún más voz a la rumba que está sonando y sigue atendiendo a los que con ansia esperan las vueltas de su compra.

LARA HERNÁNDEZ ABELLAN

Concejal Partido Socialista Ayuntamiento de Alcantarilla

 

Artículo patrocinado por Heladería Blancanieves

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